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El paso del señor de la penitencia

  • Foto del escritor: Fabrizio Hernández
    Fabrizio Hernández
  • 12 nov 2025
  • 6 Min. de lectura

La velación de Jesús Sepultado


La tarde caía sobre el casco antiguo de la capital cuando los últimos rayos de sol

dibujaban sobre adoquines y fachadas el preludio de lo que vendría: un cortejo

solemne, largo, pausado, casi mudo. En el atrio del Templo El Santísimo Nombre de Jesús “La Recolección”, en la zona 1 de la ciudad de Guatemala, la imagen del Señor Sepultado de la Recolección era ya portada con sigilo, sin túnica y solo con su sudario, como exige la tradición venerada que lo acompaña desde tiempos antiguos.



Aproximación de la procesión


La procesión había sido convocada para una jornada de velación y recogimiento; “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Ven Señor Jesús”, fue el mensaje alegórico que sería presentado al pueblo guatemalteco, justo el 8 de noviembre, mes dedicado a los fieles difuntos.


En la explanada, los últimos restos del calor se evaporaban, el incienso comenzaba a alzarse en espirales, y los cargadores formaban filas, ajustaban corbatas, tomaban aliento. Las miradas —las de ellos, las de los fieles, las de los curiosos— parecían suspenderse en un solo punto: aquella talla de Cristo, fría en la madera, caliente en el afecto.


La tradición que pesa


La hermandad encargada del cortejo es la Asociación de Cruzados del Santo Sepulcro, fundada en 1955 por el fraile déco-“recoleto” Fray Miguel Ángel Murcia Muñoz, aunque la advocación se remonta a mediados del siglo XIX cuando la imagen comenzó a procesionarse regularmente. Los historiadores atribuyen la talla al siglo XVIII, con detalles anatómicos y realistas que la hacen única entre las imágenes de pasión que recorren la ciudad.


Más allá de lo religioso, el cortejo representa una sinfonía humana. Según datos del archivo municipal, los cargadores que llevan el anda procesional de 70 brazos comparten sudor, esfuerzo, silencio. Las calles se convierten en corredor de fe, vecinos se asoman a las ventanas, aceras se llenan de velas y de polvo que se levanta con cada paso. Es un rito donde la ciudad —ruidosa de día— se convierte en madre contemplativa de su propio patrimonio intangible.



Voces que custodian la devoción


“Me llamo Joshep Méndez, soy hermano cargador desde hace diez años” dijo mientras se ajustaba el saco y se reportaba listo para cargar. “Cuando pongo mis manos bajo el madero, siento que no solo llevo la imagen, llevo la memoria de quienes ya no están: mis padres, mis abuelos… es un tramo que no me pertenece exclusivamente, es un sentimiento que comparto con todos los que han cargado antes que yo”. El murmullo se apaga, la banda queda atrás, solo queda el roce de la madera y el paso de su fe.


Del otro lado, en la coordinación de la hermandad, Jorge Alexander, secretario de la junta directiva, comentó “Nuestro compromiso empieza mucho antes de la salida: los ensayos, los turnos, la revisión de andas y fajas, la convocatoria a los hermanos. Esta imagen exige respeto: sale sin urna, sin túnica; es una advocación de humildad. Este cortejo es una manifestación de fe, pero también de orden y de comunidad”.


Finalmente, entre los fieles que esperan en las calles capitalinas, está don Rafael

González, vecino de la zona 1, que no es parte de la hermandad, pero acompaña cada año: “Yo vengo con mi nieta para que vea lo que nosotros vimos de jóvenes. Aquí se transmite algo que no está en los libros: ver al Señor Sepultado así desnudo cuesta trabajo emocional, pero también nos recuerda que la ciudad tiene raíces, que somos parte de algo más grande. Y aunque no participe como cargador, el simple hecho de estar aquí me reconcilia”, mencionó.


El camino y el quebranto


La imagen salió a las 14:00 horas, con la pendiente del sol que aún alumbra algunas fachadas, pero ya invita al recogimiento. En su recorrido por las calles del Centro Histórico, pasa por la rectoría de Santa Catalina, la Catedral Metropolitana y otros puntos clave que han visto el paso de generaciones. Cada punto de paso es estación de silencio: los espectáculos urbanos desaparecen, las radios se apagan, el tráfico se detiene. Solo el vaivén de los cargadores, los tambores que no suenan fuerte, los cofrades en fila y el aliento mesurado se mantienen.


El anda no es solo soporte físico: contiene memoria colectiva. Los cargadores deben sincronizar el paso, la respiración, y hacer silencio cuando la marcha “Sudor de Sangre” se escucha en la lejanía. La devoción exige disciplina: se prohíbe hablar, comer, usar el móvil. “Cuando la corbata aprieta y la madera se alza, lo único que se oye es el corazón de quien carga”, complementó Joshep Méndez.


Mientras el cortejo avanza, los ciudadanos detienen su rutina: un autobús frena para observar la procesión; un vendedor de flores cierra su puesto; turistas se mezclan con fieles, cámaras en la mano, buscando capturar el fugaz paso del Señor Sepultado Recolecto bajo el cielo gris de noviembre. Aunque en el calendario litúrgico se mencione otro mes, la práctica de la velación se realizó en noviembre.



Memoria y presente


La talla del Señor Sepultado es tan antigua que su autor exacto se desconoce, aunque algunas fuentes señalan entre 1728 y 1733 atribuida al escultor Blas Rodríguez. Desde 1852 figura ya la procesión regular, y desde 1955 la hermandad organiza con estatutos y turnos el cortejo actual. El detalle anatómico es considerado excepcional: venas marcadas, dedos tensos, los ojos entreabiertos, la boca a medio aliento, como si el escultor buscara congelar el momento exacto del último suspiro.


Ese realismo provoca un efecto: ver al Cristo sin urna, sin túnica, lo hace más cercano, humano, casi frágil. Y esa fragilidad provoca una reacción en quien lo mira: respeto, temor, gratitud. En el silencio del cortejo la ciudad parece reconocer su pasado: colonial, barroco, devoto.



Una ciudad que observa y participa


Los residentes del Centro Histórico conocen bien la rutina: calles cerradas, velas al paso, vecinos que asoman en los balcones, la elaboración de alfombras y fotógrafos que con arreglo a la tradición preparan su lente. Un detalle relevante se halla en los archivos municipales: en 1975 el anda tenía para 54 cargadores; en 1987 para 100; en 1997 para 120. Mueble que únicamente se utiliza en Viernes Santo, no en la velación. Esta evolución muestra que la devoción no disminuye; al contrario, se adapta, se amplía y se organiza mejor.


El cortejo, aunque religioso, se vuelve espacio de encuentro urbano. Hay quienes llegan desde otras zonas para presenciarlo; hermandades de otros departamentos y países se reúnen en la procesión. Y entre la multitud se siente algo distinto: no solo devoción, también pertenencia. Los buenos años hacen que la hermandad recabe fondos para obras de restauración del templo, para los turnos de cargadores, para comidas de confraternidad.


El momento clave


Llegó la hora cuando el anda giró sobre la calle Jocotenango, la multitud contuvo el aliento. Los cargadores dicen “alzar”, el golpe seco de la madera sobre las almohadillas hace eco. El sonido se extiende sobre la piedra de la avenida: un eco que parece decir “detente”. Los fieles bajan la vista, algunos hacen la señal de la cruz, otros esconden un pañuelo en el rostro. Un joven graba con su teléfono, pero inmediatamente lo guarda al ver el gesto de los hermanos: se hace silencio, se hace devoción. El aire se vuelve denso de velas y de humo, un olor profundo de incienso y madera que va con la ciudad antigua.


Cada estación es breve, pero la duración total del cortejo puede alcanzar horas. Los cambios de cargadores, el paso pausado, la reverencia ante cada público, la espera de calles despejadas. Según publicaciones de la hermandad de La Recolección, el cortejo ingresó a las 22 horas. En esa duración radica el acto: no es un desfile rápido, es un peregrinar lento, casi monástico, en medio de la ciudad.


Finalmente, la imagen regresa al Templo de la Recolección. Los hombros que cargaron se deshacen de los trajes; los cargadores suspiran, algunos susurran plegarias de gratitud. La multitud aplaude como un suspiro colectivo, aunque el aplauso es tenue: la noche pide recogimiento. Don Rafael sale del cordón humano, sosteniendo la mano de su nieta: “ahora ella lo vio, yo lo vi cuando joven, mañana vendrá otro”. En ese paso, se transmite algo más que fe: se transmite continuidad.


Cuando todo termina, el cortejo se convierte en memoria viva y la ciudad vuelve a su ruido habitual, pero algo queda: el eco de los pasos, el leve polvo de las alfombras en la penumbra, la devoción que no se documenta sino se siente. Y para mañana, cuando otro año llegue, alguien dirá: “yo estuve ahí, yo lo vi, yo lo cargué”.




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