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Entre luces y resistencia: el renacer de Mistress Dalia

  • Foto del escritor: Angélica Laines
    Angélica Laines
  • 12 nov 2025
  • 5 Min. de lectura
Fotografía de IG de Fermonzz
Fotografía de IG de Fermonzz

Las luces se apagan lentamente. El brillo del vestido rojo de Mistress Dalia todavía se nota entre las sombras. Camina con paso firme, como alguien que sabe quién es. No es solo un personaje; es su verdadera forma de ser.

 

Fernando Sosa, un joven de 23 años, es quien da vida a Mistress Dalia. Detrás de la peluca y el contorno perfecto, recuerda cuando esa energía solo existía en su imaginación. En los pasillos del colegio, junto a su mejor amigo, soñaba con una vida en la que pudiera maquillarse sin miedo, bailar sin culpa y expresarse sin esconderse. Sabía que era un sueño difícil en un país donde la diferencia se observa con desconfianza.

 

En aquel entonces, el drag era una palabra lejana, una curiosidad que veía por internet. Pero la semilla ya estaba ahí, esperando el momento de florecer. Hoy, casi dos años después de haberse iniciado en el arte drag, Fernando reconoce que cada presentación es una forma de libertad y una declaración de identidad.


El ritual del renacimiento


Años después, a los 19, Fernando encontró el lugar donde su sueño empezó a volverse posible. Una pequeña fiesta universitaria donde, por primera vez, presenció un show drag. No lo sabía aún, pero esa noche marcaría su destino.


El aire olía a maquillaje, cerveza y nervios. El público gritaba, la música vibraba en el pecho, y sobre el escenario, una artista con pestañas infinitas bailaba con una libertad que parecía mágica. Fernando sintió algo despertar. “Aquí nadie juzga, todos celebran”, recuerda; fue su primera sensación de refugio.


Ese día comprendió que el drag no solo era una forma de arte, sino un acto de resistencia. Decidió intentarlo. Y así nació Mistress Dalia, un nombre que mezcla elegancia, desafío y un toque de ironía. Dalia era la flor que no teme florecer bajo el sol más hostil.


El proceso no fue fácil. “Ser drag es como volver a nacer”, dice Fernando, mientras se prepara frente al espejo. La base de maquillaje cubre cada sombra, pero lo que realmente transforma no es el color, sino la actitud. Cada pestaña postiza es una declaración de poder.


Aprender a caminar en tacones fue una prueba de fuego. Las primeras veces tropezó, se torció un tobillo, se rió de sí mismo. Pero cada caída le enseñó que el dolor también forma parte del proceso.


Su primera presentación fue un caos adorable. “No tenía mucho presupuesto, apenas unas telas improvisadas”, cuenta riendo. “Pero el público me aplaudió igual, y entendí que lo importante no es el traje, sino la autenticidad”. Esa noche, cuando terminó su show, se miró al espejo y por primera vez sintió que se veía completo. Mistress Dalia había nacido.

FERNANDO SOSA COMO MISTRESS DALIA
FERNANDO SOSA COMO MISTRESS DALIA

El arte como espejo del alma


El drag cambió su vida, no solo en el escenario, sino en su forma de existir. Fernando ya no camina igual, ya no se viste igual, ya no piensa igual. La experiencia de transformarse le enseñó a cuidarse, a valorarse, a reconocerse. “Antes me daba miedo verme en el espejo; ahora es donde más me gusta estar”, confiesa.


Ser Dalia lo ayudó a ser Fernando. Lo hizo entender que las etiquetas no definen, que el arte puede ser una herramienta de libertad. En su día a día, entre clases universitarias y actividades culturales, siempre hay un toque de ese brillo que el escenario le dejó: una camisa con lentejuelas, un esmalte discreto, una sonrisa más firme.


En Guatemala, donde la diversidad sexual todavía enfrenta barreras, Fernando reconoce su fortuna. “Nunca he sufrido discriminación directa”, dice, “pero sé que eso no es lo común”. Su tono se vuelve reflexivo. Porque mientras él cuenta su historia con orgullo, muchos otros viven la suya entre el miedo y el silencio.


El informe “El círculo del no problema” de 2023, elaborado por organizaciones locales de derechos humanos, reveló que la discriminación sigue siendo una constante en espacios educativos y laborales. Casos de burlas, exclusión o incluso agresiones físicas son parte del día a día para quienes desafían las normas de género.

 

“Yo no lo he vivido, pero no cierro los ojos”, dice. Cada vez que salgo al escenario, lo hago también por los que no pueden.


Su humor es su escudo. A menudo bromea con que el día que lo discriminen, lo va a grabar para hacerlo viral. Pero detrás de la risa hay una verdad, cada show es también una forma de resistencia.


AESDI como su refugio en la universidad


Ser drag en Guatemala no es solo brillar, también es construir comunidad. Fernando lo sabe bien, porque además de artista, apoyó como secretario de Arte y Cultura de la Asociación de Estudiantes Sancarlistas de la Diversidad (AESDI), reconocida oficialmente en 2019 dentro de la Universidad de San Carlos (USAC).


FAMILIA DE LA AESDI
FAMILIA DE LA AESDI

AESDI nació con un propósito claro: ofrecer un espacio seguro para estudiantes LGBTIQ+ dentro de la universidad más grande del país. Aunque la USAC presume ser una institución abierta al pensamiento libre, los prejuicios aún laten entre sus pasillos.


Fernando se ha convertido en una figura clave dentro del grupo. Desde su cargo, organiza actividades culturales, talleres y espacios de diálogo donde los estudiantes pueden expresarse sin miedo. A veces llegan personas que aún no se atreven a salir del clóset y solo buscan hablar con alguien. Él las escucha, las acompaña y les recuerda que no están solas.


AESDI también impulsa campañas contra la discriminación, actividades artísticas y charlas de sensibilización. En un entorno donde aún se normalizan los chistes homofóbicos o los estigmas, su labor es una “trinchera” de empatía. Ser drag y ser activista no están separados, explica Fernando. El arte te da voz, pero el activismo le da propósito.


Una luz que inspira


Mistress Dalia no solo entretiene; inspira. En sus redes sociales, sus seguidores le escriben mensajes que van más allá del aplauso. “Gracias a ti me animé a ser yo misma”, “ver tus videos me da fuerza”, “me hiciste sentir que no estoy sola”.Cada palabra es un recordatorio de por qué lo hace. "No por fama, sino por impacto. Yo solo quiero que la gente se ame un poco más", dice con una sonrisa que no necesita maquillaje para brillar. Su frase favorita la aprendió viendo RuPaul’s Drag Race, pero la hizo suya: “Si no te amas a ti mismo, ¿cómo vas a amar a alguien más?”


Cuando termina un show y las luces se apagan, Mistress Dalia vuelve a ser Fernando. Se quita la peluca, limpia el maquillaje, respira hondo. Pero la magia no desaparece.


Permanece en la mirada de quienes la vieron transformarse, en los mensajes de gratitud, en la certeza de que el arte puede cambiar vidas.

Crédidos de imagen IG andromedrag
Crédidos de imagen IG andromedrag


Epílogo: El reflejo en el espejo


El camerino queda en silencio. Solo el suave sonido del pincel contra el vidrio del espejo rompe la calma. Fernando sonríe. Frente a él, en el reflejo, está Dalia, la flor que floreció en el lugar más improbable. No hay miedo, solo amor.


Y en esa mirada compartida entre dos versiones de él mismo, se resume todo: el ser auténtico no es un acto de rebeldía, sino de amor incondicional.


Ser drag también es un acto político. Mistress Dalia lo entiende así. No se trata solo de brillar en el escenario, sino de reclamar un espacio en una sociedad que aún margina lo diferente. El drag se mueve en lo político, explica, porque visibiliza que somos personas con derechos, con necesidades, con sueños, igual que cualquiera.

 

En los últimos años, tanto Dalia como otros artistas han participado en conversatorios y talleres sobre lo que llaman drag político, una expresión que utiliza el arte y la performance como herramientas de denuncia y sensibilización. Desde esos espacios, buscan abrir el diálogo sobre la discriminación, el respeto y la libertad de identidad.

 

En su caso, el escenario se convierte en una plataforma para decir lo que muchas veces no se escucha. Cada presentación lleva un mensaje: resistir, existir y celebrar.

 


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